40 semanas y 2 días

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Hola a todos los posibles que estén leyendo este blog en este momento, la semana pasada, a modo introductorio, les conté un poco de mí, de mi nuevo camino y cómo fue que se volvió, sin vueltas, mi vida. Resumiré esta vez lo que sucedió en los siguientes 6 meses (casi).
Mitad hombre, mitad animal
Descubrí un nuevo mundo dentro mío, y aunque suene un poco inoportuno, no me gustaba estar embarazada, me sentía incomoda la mayoría de veces durante 40 semanas y 2 días. Claro, físicamente. Pues emocionalmente, las conexiones fueron increíbles. No solo con Amelia, sino con su papá. Éramos dos jóvenes de 20 y 22 experimentando lo que no imaginamos, pero que tomamos con brazos abiertos y más de una ilusión por cumplir durante muchos años juntos, los tres.
En este instante, se me vienen a la cabeza recuerdos bastante anecdóticos: Le pedí al papá que le cantara una canción, era la primera vez que lo hacía. A él se le daba la música mucho más que a mí. Y entre su nerviosa risa, empezó con el coro de “El señor de la noche” de Don Omar. A todo esto, siempre sentí que Amelia y su papá tenían tal vez un cordón umbilical invisible y de kilómetros de largo. En mis días en Perú, recuerdo claramente haber visto un video suyo sin haberlo puesto intencionalmente y sentir como un sortilegio Weasley estallaba dentro mío. Sin explicación “lógica” alguna.
Entre tanto, los días pasaban con lluvia y mucho frío. Y mucha, mucha, comida chatarra. Algo que me resultaba a veces un poco incómodo, eran las recomendaciones de comida, pues estábamos solos, yo, bastante dormilona y adolorida, él, bastante agotado del trabajo, ambos con muchas ganas de recostarnos y ver TV peruana. No de cocinar.
Los días se nos hacían eternos, Amelia, mientras tanto, iba manifestándose. Mi panza iba creciendo. Empezaba a percatarme de su hipo constante, el mismo que conserva hasta hoy, sus pataditas y sus movimientos cuando comía dulces. Papá aún no sentía nada. Los meses próximos fueron fortaleciendo la relación entre él y Amelia. Cuando pudo sentir las pataditas y se acomodaba cerca de mí para sentir cómo Amelia lo llamaba.
La parte esperada del día, era, dentro de mi ilusión, la planificación del matrimonio. Sí, el papá de Amelia y yo nos íbamos a casar y yo iba a caminar hacia el altar con una notoria Amelia en mi vientre. Era bastante difícil planificar algo tan importante a distancia, afortunadamente no discrepamos en muchas cosas y tratábamos de que todo sea lo más sencillo posible, conservándonos a nosotros como protagonistas del cuento, siempre nosotros dos. Y nadie más.
Consolidarnos como familia no se nos hizo difícil durante el embarazo, porque lo principal era que, antes que nada, éramos mejores amigos, al menos él lo fue así para mí. Esta vida era llevadera para mí, aunque ver por redes sociales como iban desarrollándose mis compañeros de colegio y de universidad era bastante duro, me confortaba saber que pronto también volvería a mi camino profesional y con mucha más experiencia en la vida. El papá de Amelia era mi apoyo más grande, con una simple sonrisa y un “te prometo que en un par de años, volverás” me volvía a mi feliz, lejana y cómoda actualidad.

Y de eso se trataba, de comprender que no teníamos por qué seguir el orden típico de la vida, que busquemos nuestra felicidad, en el orden que sea, en el orden en el cual nos sintiéramos bien. En el orden en el que pudiéramos despertarnos en el frío invierno, con una patadita de buenos días y un beso antes de ir al trabajo.

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