Verano en el invierno

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Conversaciones iban y venían, qué sería lo mejor para Amelia, dónde podría desarrollarse mejor, ¿en Holanda o Perú? Sin duda alguna, en Perú teníamos todo, especialmente el amor de los abuelos y gente cercana. Ya frecuentábamos un centro de estimulación temprana, Amelia se había adaptado muy bien a Norma, una gran amiga que me ayudaba a cuidarla y hasta me hacía de psicóloga, bruja, seguridad y mil roles más.

La rutina de mis padres había cambiado, incluyeron venir todos los días a vernos y estar incondicionalmente con nosotras y con mayor razón tratándose de una emergencia. Pero, por otro lado, teníamos a papá muy lejos y cuando lo teníamos cerca, eran solo horas libres que le daban en el trabajo, cuando venía por temporadas cortas a trabajar a Perú. Y eso nos mataba, especialmente a mí. 

Para no pensar en la distancia, me metí a mil actividades, entre las que me di cuenta de que me había dejado mucho de lado, pero de eso hablaré en un futuro. Ocupaba mi tiempo y así llenaba ese vacío que se llamaba amor a distancia. Pero las noches eran infinitas, casi sin poder dormir, con la mente y el corazón muy lejos de aquí. Los días pasaron y llegaba papá, en el trabajo, como de costumbre, le dieron 10 días libres para pasar las fiestas. Entre tanto, del tema no se hablaba, se había tomado la decisión de esta distancia para beneficio de los 3. Sin embargo, en un momento tocamos el tema, no había felicidad por ninguna de las partes y con las mismas ganas que decidimos hacernos una familia, decidimos volver a estar juntos en Holanda. Habría que adaptarnos nuevamente, pero más que eso, habríamos de adaptar a Amelia a una nueva vida, con poca gente a nuestro alrededor y muy poca ayuda. Pero, qué más daba, no habíamos decidido ser una familia para estar separados y solo disfrutar vacaciones juntos. Nos sentíamos seguros nuevamente de que esto caminaría y que Amelia tendría lo más importante, amor de papá y mamá.

El tema de juntarnos nuevamente nos emocionaba mucho, ya armábamos planes para cuando estemos en nuestra casa. Planes para jugar en el frío, ver caer la nieve desde nuestro apartamento en el piso 3, pasear por las tardes en el centro, salir de compras, cenar con nuestros amigos, que, a decir verdad, se habían hecho parte de nuestra familia. 

Lo más difícil de todo esto, era dejar a mis padres, alejar a Amelia de sus abuelos que tanto se habían acercado a ella y verlos ahora solo por video llamada. Pensar que al volver estarían esperando por nosotros en el aeropuerto y que al verlos lloraría de la emoción, porque fueron más que mis papás en estos meses, fueron mis mejores amigos, mis consejeros, la camioneta roja de mi papá se convirtió en la ambulancia que llamaba cada vez que ocurría algo en casa, él dejaba todo y venía literalmente al instante. Ellos entendían el porqué de la decisión. Y como era costumbre, confiaban en mi criterio y me apoyaron desde un inicio.


En estos momentos, ya abordando el avión, dejo en Perú muchos pendientes, que no olvidaré. Mucha gente que me ayudó, a la cual le agradezco. Nos vemos en 12 horas con 20, desde Schiphol, Ámsterdam.
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