Mi historia alimenticia parte 1

by Amelia

I’ve got so much love (love)
Got so much patience (patience)
I’ve learned from the pain (pain)
I turned out amazing (turned out amazing)
Thank u, next.
Ariana Grande

“Señora, su hija debe estar comiendo demasiado dulce”, le dijo el nutricionista a mi mamá. Escuchar eso a los 9 años no fue lo peor que pude escuchar a esa edad, pero sí ha sido de las cosas que más he escuchado y que sigo oyendo 19 años después. Una presión constante, un comentario incómodo, una mirada, gestos y chistes graciosos casi de manera obligatoria han sido esas barreras que me han costado cruzar para llegar a entender que no puedes construirte desde la perspectiva del otro. 

Es difícil entender que no puedes comer lo mismo que tus amigos cuando eres una niña.

Delimitar mi vida a lo que comía y tener que hacer mucho ejercicio fueron parte importante de mi infancia. Construí gran parte de mi vida con base en los valores del deporte, pero nunca pude con el tema nutricional. Nadie se detuvo a explicarme por qué, solo entendía que ser gorda era malo y ser flaca era bueno, pero si yo no me sentía mal como era, entonces ¿debía sentirme mal? 

Un niño del colegio dijo que parecía una ballena por llevar ropa de baño negra con blanco. Le di un golpe y nunca más nadie volvió a hacerlo.

«Con esto entendí que tener una coraza de fuerza podía protegerme y así lo mantuve por muchos años». 

Arrastré este pensamiento constante de sentirme mal con mi cuerpo hasta la adolescencia cuando el cuerpo empezó a cambiar para finalmente dejar de ver un cuerpo de niña y ver un cuerpo feo de adolescente, aún no siendo gorda. Formé mi identidad de adolescente siempre resguardando mis sentimientos y con una estampa muy marcada de carácter duro. 

Al terminar el colegio hice un esfuerzo descomunal por cambiar mi cuerpo. Comía muy poco, entrenaba 2 veces al día y descansaba el resto del día, no tenía energía para nada más. Al entrar a la universidad ya había visto ese cambio que tanto había buscado, pero no era feliz porque simplemente no tenía tiempo ni energía para todo. Hasta ese momento todo había sido por estética. Sin respuestas a ese problema, sin respuestas hasta muchos años después. 

Tras muchos cambios, por fin pude encontrar una mejor respuesta, mucho más contundente. Es clave poder encontrar los mejores profesionales y con eso no me refiero a un buen nutricionista, sino a la ayuda psicológica que recibí para poder aprender a escucharme y entender que la parte estética sería resultado de algo más importante: amarme.

Jamás encontré una real motivación para cambiar hábitos alimenticios, porque yo no sentía que lo hiciera mal. La clave fue entender que debía amarme en todo el sentido de la palabra.

Entre estos mismos escritos puedes ver el camino recorrido. Me amé después de dar a luz, me amé con 20 kilos de más, me amé cuando los bajé y amo poder pararme frente a una cámara, sin ser modelo y poder sentir que controlo mis propias decisiones. 

Con el tiempo y habiendo buscado muchísimo, descubrí otra razón muy importante, el Síndrome de Ovario Poliquístico, que muy probablemente me acompañó desde mis primeras citas con el nutricionista. Esto me inclina un poco la cancha, pero siempre se pueden encontrar buenos refuerzos. Aquí les hablo un poco sobre eso. 

Empecé a informarme (y formarme) sobre temas de nutrición y le encontré sentido a la alimentación saludable, un sentido real, pues bajar de peso es lo inmediato (y estético), pero no es sostenible, por lo menos no en mi caso. Así y solo así es que llegué a una rutina alimenticia donde comer saludable no es querer bajar de peso, sino darle lo mejor a tu cuerpo. 

No hay ningún secreto, ninguna receta mágica. No puedo mentirles, no es sencillo. Pero mi más grande motivación ha salido del único lugar en donde debí buscarla, ha salido de mí. Solo ha sido amor y todo se ha puesto en orden cuando aprendí a quererme.

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